lunes, 29 de diciembre de 2008

LA FAMILIA, ESCUELA DE HUMANIDAD


Nota de los Obispos de la Subcomisión
para la Familia y la Defensa de la Vid
28 de diciembre de 2008

«La familia formadora de los valores humanos y cristianos». Este es el tema elegido para el sexto encuentro mundial de las familias que tendrá lugar en México del 14 al 18 de enero. El hilo conductor de este encuentro hace referencia a la familia como el camino que conduce al hombre a una vida en plenitud. Unidos a esta idea fundamental nos disponemos a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia con el siguiente lema: «La familia, escuela de humanidad y transmisora de la fe».

I. ESCUELA DE HUMANIDAD

a) Aprender a recibir el amor
«La familia es escuela del más rico humanismo»(1). Estas palabras del Concilio Vaticano II presentan a la familia como la morada donde el hombre aprende a ser hombre. Se trata, por tanto, del lugar en el cual se desarrolla la primera y más fundamental ecología humana, el ámbito natural y adecuado para que pueda desarrollarse el aprendizaje de lo verdaderamente humano. Así lo descubrimos a la luz de la Revelación del Hijo de Dios que elige la Sagrada Familia para crecer en su humanidad.

En el hogar familiar la persona reconoce su propia dignidad. Lejos de cualquier criterio de utilidad, en su familia el hombre es amado por sí mismo y no por la rentabilidad de lo que hace. Más allá de lo que pueda aportar por sus posesiones o por sus capacidades físicas, técnicas, intelectuales o las propias de su personalidad, la persona no es un medio al servicio del interés de otros; es un fin absoluto, amada por sí misma, de un modo fiel que permanece en el tiempo incluso con sus propias debilidades.

b) Aprender a acoger y acompañar la vida

La familia es el santuario de la vida donde cada miembro es reconocido como persona humana desde su concepción hasta su muerte natural y aprende a custodiar la vida en todos los momentos de su historia. La misión de acoger y acompañar la vida es una labor permanente de la familia. Sin embargo, esta misión adquiere una relevancia singular en este momento en que muchas familias son afectadas dramáticamente por la crisis económica y, sobre todo, cuando han sido anunciadas reformas legislativas que ponen en peligro la vida naciente y terminal: el aborto y la eutanasia.

• En la familia, escuela de solidaridad, compartimos los bienes y sostenemos fraternalmente a los miembros más necesitados. Y es en el hogar familiar donde, frente a la posesión de muchos bienes materiales inducida por un consumismo desmedido, aprendemos lo que es verdaderamente importante: el amor.

• En la familia se percibe que cada hijo es un regalo de Dios otorgado a la mutua entrega de los padres, y se descubre la grandeza de la maternidad y de la paternidad. El reconocimiento de la vida como un don de Dios nos urge a pedir que no se prive a ningún niño de su derecho a nacer en una familia, y que toda madre encuentre en su hogar, en la Iglesia y en la sociedad las ayudas necesarias para tener y cuidar a sus hijos.

• En la familia y en la comunidad cristiana se encuentra la razón para vivir y seguir esperando. Todos, incluidos los que sufren por enfermedad, soledad o falta de esperanza, pueden hallar en la familia y en la Iglesia la certeza de ser amados, y sobre todo la convicción del amor único e irrepetible de Dios que permanece más allá del pecado y de la muerte: «la verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando “hasta el extremo”, “hasta el total cumplimiento” (cf. Jn 13,1; 19,30)»(2).

c) Aprender a dar la propia vida

A través de las relaciones propias de la vida familiar descubrimos la llamada fundamental a dar una respuesta de amor para formar una comunión de personas. De esta manera, la familia se constituye en la escuela donde el hombre percibe que la propia realización personal pasa por el don de sí mismo a Cristo y a los demás, como advierte el Señor en el Evangelio: «porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará»(3). El eco de estas palabras del Señor resuenan en la enseñanza del Concilio Vaticano II: «el hombre, única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»(4).

II. TRANSMISORA DE LA FE

La primera manifestación de la misión de la familia cristiana como iglesia doméstica es la transmisión de la fe(5).

La experiencia del amor gratuito de los padres que ofrecen a los hijos la propia vida de un modo incondicionado, prepara para que el don de la fe recibido en el bautismo se desarrolle adecuadamente. Se dispone así a la persona para que pueda conocer y acoger el Amor de Dios Padre manifestado en la entrega de su Hijo, y construir la vida familiar en torno al Señor, presente en el hogar por la fuerza del sacramento del matrimonio.
E

n la familia cristiana descubrimos que formamos parte de una historia de amor que nos precede, no sólo por parte de los padres y abuelos sino, de un modo más fundamental, por parte de Dios según se ha manifestado en la historia de la salvación.

En la familia cristiana se descubre la fe como una verdad en la que creer, la verdad del Amor de Dios que implica la respuesta de toda la persona. Encontramos así la vocación propia de todo hombre, la llamada a entregar a Dios la propia vida.

En el hogar cristiano se descubre la fe como verdad que se ha de celebrar introduciendo a cada miembro en la vida de los sacramentos que acompañan los acontecimientos más fundamentales de la historia familiar. De un modo central la Eucaristía, porque hace presente la entrega esponsal de Cristo en la Cruz y enseña e impulsa a dar la vida por amor incluso en los momentos de dificultad o sufrimiento.

En la familia cristiana se descubre la fe como una verdad que se ha de vivir y, por lo tanto, que se ha de practicar en la vida, orientando y configurando la actuación concreta de cada miembro de la familia.

III. CONCLUSIÓN

Que la familia se constituye en la primera y más fundamental escuela de aprendizaje para ser persona es un hecho originario y, por lo tanto, insustituible. Así lo descubrimos a la luz del misterio del nacimiento del Hijo de Dios que contemplamos en la Navidad. La familia es el lugar elegido por Jesucristo para aprender a ser hombre: “el niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él”(6); es el reflejo en la tierra del misterio de Comunión eterna que Él vive en el seno de la Santísima Trinidad.

Rogamos a la Sagrada Familia que el encuentro mundial de las familias suponga una fuerte efusión del Espíritu para que Cristo sea la piedra angular sobre la que se construye el hogar cristiano. Nuestra oración se dirige especialmente a las madres que encuentran serias dificultades para dar a luz a sus hijos, a los ancianos y enfermos que ven mermada su esperanza y a los hogares que están sufriendo los efectos de la actual situación económica.

Rogamos también por los frutos de la especial celebración de la fiesta de la Sagrada Familia que por segunda vez tendrá lugar este año en Madrid con la intervención del Papa a través de la televisión.

Que el hogar de Nazaret sea la luz que guíe la vida de nuestras familias para que sean escuelas de humanidad y transmisoras de la fe.



NOTAS

(1) Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy Gaudium et spes, 52.
(2) Benedicto XVI, Spe salvi, 27.
(3) Lc 9, 24.
(4) Gaudium et spes, 24. De esta manera, la familia es la escuela en la que se forja la libertad orientada por la verdad del amor: «la libertad se fundamenta, pues, en la verdad del hombre y tiende a la comunión» (Veritatis splendor, 86).
(5) Cf. Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España, 66.
(6) Lc 2, 40



domingo, 28 de diciembre de 2008

Nota de los Obispos de Andalucía ante el proceso de la muerte


Promover o permitir la muerte

La Iglesia, no cesa de proclamar el “Evangelio de la Vida”. Son innumerables las personas y las instituciones de la Iglesia dedicadas a los enfermos y ancianos necesitados del calor humano y de la asistencia necesaria hasta el último momento de la vida. Hoy como siempre, la Iglesia quiere llevar el amor y la misericordia a cuantos sufren y padecen una enfermedad incurable, viéndose paulatinamente abocados a un proceso irremisible e inminente de muerte natural.

I.- A favor de la muerte buena y digna
El sentido de la muerte se ilumina a la luz del destino trascendente del hombre, que la razón intuye planteando la pregunta por el sentido del dolor y de la muerte. La muerte y la resurrección de Jesús iluminan el sentido del dolor, desvelan la victoria definitiva de la vida sobre la muerte, llenando el corazón inquieto del hombre de esperanza.

Morir con dignidad es parte constitutiva del derecho a la vida y significa vivir humanamente la propia muerte. La muerte no es un fenómeno pasivo que ocurre en nosotros y frente al cual no podemos hacer nada. La muerte es un acto humano en el que la libertad puede intervenir de alguna manera. La muerte no es sólo un acto médico. Es además un acontecimiento personal y social.

La importancia y el significado de la muerte exigen una fundada reflexión, que la integre en el misterio de la vida y busque su dignidad en el marco de un humanismo que sea fiel a la verdad del ser humano. En este sentido, a la luz de la razón e iluminados por la fe, cumplimos el deber pastoral de recordar a los sacerdotes, a los católicos y cuantos quieran escuchar con la mejor voluntad la voz de la Iglesia, siempre en favor del hombre y de su dignidad. Con ello, deseamos contribuir al bien de las personas y de la sociedad ante el deber de promover la vida hasta su muerte natural y de recorrer el camino de la humanización del morir.

II.- Una luz antropológica
Cristo, en efecto, revela en su vida, muerte y resurrección el sentido y el misterio del ser humano y su dignidad, que ya la razón descubre en la inquietud permanente del corazón que aspira a la vida sin fin y la felicidad plena, orientando su vocación trascendente. La dignidad del hombre tiene su fundamento último en haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, su Creador (cf Gn 1,26-27). Por eso, la vida humana vale por sí misma.

Todo hombre representa una novedad, es único e irrepetible. La vida es un bien fundamental del hombre que no está a su disposición. La vida humana vale por sí misma, tiene una dignidad y un valor que le acompaña siempre. No es un objeto, es siempre un don del Creador.

El hombre es un ser relacional. La vida humana, además de su vertiente individual y personal, también tiene otra social de innegable trascendencia. Ninguna persona es totalmente autónoma. La vida humana no sólo es un bien personal, sino también un bien social, de tal forma que atentar contra la vida supone una ofensa a la justicia.

III.-Principios de humanización del proceso de la muerte

1.- La dignidad de la persona no se funda nunca en la calidad de vida ni en el bienestar de que pueda disfrutar, ni tampoco en su utilidad social, sino que reside en el propio ser y condición de la persona. La calidad de vida no se debe concebir en función de una propiedad o característica de la persona, ya que todas las vidas humanas tienen igual valor. Todas las personas son igualmente dignas y, dicha dignidad, la tienen a lo largo de toda su vida. La dignidad no se corresponde con la mera percepción subjetiva del valor que uno se pueda dar a sí mismo ni del valor que los demás puedan concederle, sino que se funda en el carácter personal del ser humano, que le dota de libertad y capacidad de juicio y decisión responsable para el bien y el mal, dando alcance moral a sus actos.

2.- La eutanasia entendida como una acción u omisión con la intención de anticipar la muerte, así como una opción voluntaria, consciente y libre de suicidio es una ofensa a la propia dignidad de la persona. El principio de autonomía nunca puede justificar la supresión de la vida propia o ajena. La autonomía exige la responsabilidad del individuo, que es libre para hacer el bien según la verdad de su existencia; ésta afirma que la vida la ha recibido como un don y no es dueño absoluto de la misma.

Se puede hablar de eutanasia activa y de eutanasia por omisión, según se trate de una intervención para anticipar la muerte (una inyección letal) o de la privación de una asistencia todavía válida y debida. La eutanasia pasiva no se puede confundir con la eutanasia por omisión, son realidades distintas. A veces es necesario ser pasivo, es decir, no llevar a cabo intervenciones desproporcionadas, pero no es lícito omitir los cuidados debidos. El rechazo de un tratamiento proporcionado, ordinario y eficaz, en nombre de la autonomía del paciente es siempre un atentado a la vida.

3.- Ante la cercanía de una muerte inevitable e inminente, es lícito tanto al enfermo como a sus deudos o personas responsables por parentesco o ley decidir en conciencia sobre la conveniencia de renunciar a terapias inútiles y desproporcionadas que aumentan el sufrimiento y sólo consiguen prolongar artificialmente una agonía sin esperanza. Se ha de procurar hacer disponibles las terapias proporcionadas sin utilizar ninguna forma de ensañamiento u obstinación terapéutica.

Dado que existe gran diferencia ética entre «provocar la muerte», que rechaza y niega la vida y «permitir la muerte inevitable», que, en cambio, acepta su fin natural, es ético, ante tratamientos fútiles e inútiles, limitar el esfuerzo terapéutico, que no se identifica con la eutanasia por omisión.

También se ha de tener claro que el enfermo en estado vegetativo, en espera de su recuperación o de su fin natural, tiene derecho a una asistencia sanitaria básica. La suministración de agua y alimento, incluso cuando hay que hacerlo por vías artificiales hay que considerarlo ordinario y proporcionado, salvo en casos excepcionales de incapacidad de asimilación que haría inútil su suministro.

4.- Tratamiento del dolor y cuidados paliativos. Es necesario instaurar terapias paliativas que tengan en cuenta el derecho de todo enfermo a no sufrir inútilmente. Por ello, hay que garantizar el tratamiento contra el dolor y los síntomas que acompañan a la enfermedad incurable. Asimismo, no es lícito moralmente privar al enfermo de una atención espiritual que le lleve a encontrar la serenidad y la paz que le ofrece la fe máxime, si el enfermo es una persona bautizada que en ningún momento ha renunciado explícitamente a los auxilios espirituales de la fe, lo que vale además para las personas que profesen otra religión.

Se debe tutelar la autonomía y el respeto de la dignidad, satisfaciendo el derecho a ser informado, a conocer la verdad y a participar en las decisiones que afecten a los cuidados que se le han de aplicar. En este contexto, reconocer el derecho del paciente a rehusar un determinado tratamiento, sin que ello pueda entenderse como derecho a atentar contra la propia vida con la asistencia del personal sanitario, ni a una arbitrariedad subjetiva, ni a convertir a los médicos en autómatas a las órdenes de los pacientes.

Finalmente, garantizar las formas de asistencia a domicilio, el apoyo psicológico y espiritual de los familiares y de los profesionales, que puedan transmitir la convicción de que cada momento de la vida y cada sufrimiento se pueden vivir con amor y son muy valiosos ante los hombres y ante Dios.

Conclusión
Estos principios que acabamos de recordar pertenecen al magisterio perenne de la Iglesia, expresado en documentos tan importantes como la Declaración sobre la eutanasia (1980), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el documento del Consejo Pontificio «Cor unum» Cuestiones éticas relativas a los enfermos graves y a los moribundos (1981), la encíclica Evangelium Vitae (1995) del Papa Juan Pablo II, la Carta a los agentes sanitarios, del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud (1995) y la Declaración de la Conferencia Episcopal Española, La eutanasia es inmoral y antisocial (2008). Todas ellas responden a la misión que tiene encomendada la Iglesia de ser fiel al mandato de anunciar con fuerza el Evangelio de la vida, actualizando en la historia la mirada de amor de Dios al hombre, sobre todo cuando es débil y sufre.

28 de Diciembre de 2008
Festividad de la Sagrada Familia



miércoles, 19 de noviembre de 2008

"No me averguenzo de Aquél al que amo sobre todas las cosas"


Carlos Dívar, nuevo presidente del Consejo General del Poder Judicial

Va a ser el nuevo presidente del Consejo General del Poder Judicial. Su nombre, que ha sonado mucho en los telediarios y los informativos (“El presidente de la Audiencia Nacional, Carlos Dívar...”), también lo hace entre sus hermanos de la Adoración Nocturna, realidad eclesial dentro de la cual es “adorador veterano constante”. Tantas horas de oración se le notan en lo pausado de sus modales y en lo meditadísimo de sus respuestas a la entrevista que le realizó la Revista Alba hace un tiempo. El nuevo presidente del gobierno de los jueces españoles no es partidario de dejar sus creencias en casa: "El amor de Dios, que es el que ha dirigido toda mi vida, nunca puede quedarse en casa", afirma.
(RevistaAlba/ReL) Entrevista realizada por Gonzalo Altozano

-Ustedes, los adoradores nocturnos, rezan cuando todos duermen.
-Es que, como dice el apóstol san Pablo, hay que orar sin descanso. Por otra parte, Pío XII definía la oración como “la respiración del alma”, y todos sabemos que ni dormidos podemos dejar de respirar.

-Se reza mejor de noche?
-El silencio es más profundo, nadie te interrumpe, te concentras más. Esto hace que Dios te hable más de cerca al corazón. No hay que olvidar que Jesús gustaba de orar por la noche.

-¿Y más? ¿Se reza más?
-Aunque nunca se ora lo suficiente, hay que hacer horas extras: por los que no rezan, por los que no creen, por los que no le conocen...

-¿Qué les diría a éstos?
-Que llorarían de alegría si supieran cómo nos ama Jesús. Muchos de los que no aman a Dios es porque no le conocen.

-Tantos años en la Adoración Nocturna... ¿qué le han enseñado?
-Que lo verdaderamente importante en la vida es Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar. Es decir, Jesús en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Lo más importante.

-También es congregante mariano.
-Desde pequeño. Me eduqué en Bilbao y allí aprendí a dirigirme a Nuestra Señora bajo la advocación de la Virgen de Begoña.

-Ser congregante mariano y adorador nocturno...
-Aquí quedan reflejados los dos grandes amores de mi vida: la Santísima Virgen y la Eucaristía.

-¿Qué papel tuvieron ahí sus padres?
-Les debo mucho en cuestión de fe: crecí viéndolos hacer oración, rezar el Rosario, ir a Misa... El hogar como iglesia doméstica (así la definió el Concilio) es clave en la vida del cristiano.

-¿También lo es la oración?
-“Todo apostolado que no esté basado en la oración está destinado al fracaso”. Eso dijo Juan Pablo II en su primera visita a España.

-Antes citaba a Pío XII para definir la oración. ¿Cómo la definiría usted?
-Como la conversación con Dios, con Jesús. El trato íntimo con Dios.

-Dice Requero que la imagen que tiene de Dios no es la de un presidente del Supremo elegido por consenso entre PP y PSOE, sino la de un padre.
-Toda la revelación de Jesucristo consiste en decirnos que Dios es padre para expresar así todo el amor que nos tiene.

-Entonces, ¿se lo imagina como a un padre?
-No es que me lo imagine, es que dentro de mi corazón lo siento como un padre que me ayuda, me aconseja y, sobre todo, perdona mis muchas faltas. Él es el que tiene la iniciativa de amor, no nosotros.

-¿Y el Juicio Final? ¿Cómo se imagina el Juicio Final?
-El Evangelio ya nos dice cómo tenemos que hacerlo: “Allá vendrá Jesús para juzgar a vivos y muertos y dirá: ‘Venid, benditos de mi Padre. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber...’”. Será un juicio de caridad.

-¿Eso le reconforta?
-Claro, porque no nos preguntarán por artículos o dogmas, sino si hemos pasado por el mundo haciendo el bien. Como dijo san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida seremos juzgados por el Amor”.

-No le veo nada partidario de dejar sus creencias en casa antes de ir al despacho.
-El amor de Dios, que es el que ha dirigido toda mi vida, nunca puede quedarse en casa.

-¿Y si se viera obligado a elegir?
-Yo tengo que actuar conforme a mi conciencia. No puedo dejar de creer por tener un cargo público. Mi vida es una unidad. Antes de abandonar a Dios, abandonaría mi trabajo, sin hacer ningún ruido.

-Hay hombres públicos a los que les da pudor hablar de Dios. A, usted, en cambio...
-Dios está tanto en mi vida pública como en la privada y yo no puedo renunciar a Él ni en una ni en otra. Jesús dijo: “Quien se avergüence de mí yo me avergonzaré de él delante de mi Padre”.

-Y usted, claro, no quiere que eso le pase.
-No, no quiero. Además, ¿cómo voy a avergonzarme de Aquel al que amo sobre todas las cosas?





martes, 18 de noviembre de 2008

Impresionante declaración del Presidente de Uruguay


Reproduzco a continuación el texto íntegro de la declaración del Presidente de Uruguay, Dr. Tabaré Vázquez, a la Asamblea General del país para explicar el veto presidencial a la ley abortista.
Montevideo, 14 de noviembre de 2008

Señor Presidente de la Asamblea General:

El Poder Ejecutivo se dirige a ese Cuerpo en ejercicio de las facultades que le confiere el artículo 137 y siguientes de la Constitución de la República a los efectos de observar los Capítulos II, III y IV, artículos 7 a 20, del proyecto de ley por el que se establecen normas relacionadas con la salud sexual y reproductiva sancionado por el Poder Legislativo.

Se observan en forma total por razones de constitucionalidad y conveniencia las citadas disposiciones por los fundamentos que se exponen a continuación.

Hay consenso en que el aborto es un mal social que hay que evitar. Sin embargo, en los países en que se ha liberalizado el aborto, éstos han aumentado. En los Estados Unidos, en los primeros diez años, se triplicó, y la cifra se mantiene: la costumbre se instaló. Lo mismo sucedió en España.

La legislación no puede desconocer la realidad de la existencia de vida humana en su etapa de gestación, tal como de manera evidente lo revela la ciencia. La biología ha evolucionado mucho. Descubrimientos revolucionarios, como la fecundación in vitro y el ADN con la secuenciación del genoma humano, dejan en evidencia que desde el momento de la concepción hay allí una vida humana nueva, un nuevo ser. Tanto es así que en los modernos sistemas jurídicos -incluido el nuestro- el ADN se ha transformado en la "prueba reina" para determinar la identidad de las personas, independientemente de su edad, incluso en hipótesis de devastación, o sea cuando prácticamente ya no queda nada del ser humano, aun luego de mucho tiempo.

El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados. Por eso se debe proteger más a los más débiles. Porque el criterio no es ya el valor del sujeto en función de los afectos que suscita en los demás, o de la utilidad que presta, sino el valor que resulta de su mera existencia.

Esta ley afecta el orden constitucional (artículos 7º, 8º, 36º, 40º, 41º, 42º, 44º, 72º y 332º) y compromisos asumidos por nuestro país en tratados internacionales, entre otros el Pacto de San José de Costa Rica, aprobado por la Ley Nº 15.737 del 8 de marzo de 1985 y la Convención Sobre los Derechos del Niño aprobada por la Ley Nº 16.137 del 28 de setiembre de 1990.

En efecto, disposiciones como el artículo 42 de nuestra Carta, que obliga expresamente a proteger a la maternidad, y el Pacto de San José de Costa Rica -convertido además en ley interna como manera de reafirmar su adhesión a la protección y vigencia de los derechos humanos- contiene disposiciones expresas, como su artículo 2º y su artículo 4º, que obligan a nuestro país a proteger la vida del ser humano desde su concepción. Además, le otorgan el estatus de persona.

Si bien una ley puede ser derogada por otra ley, no sucede lo mismo con los tratados internacionales, que no pueden ser derogados por una ley interna posterior. Si Uruguay quiere seguir una línea jurídico-política diferente a la que establece la Convención Americana de Derechos Humanos, debería denunciar la mencionada Convención (Art. 78 de la referida Convención).

Por otra parte, al regular la objeción de conciencia de manera deficiente, el proyecto aprobado genera una fuente de discriminación injusta hacia aquellos médicos que entienden que su conciencia les impide realizar abortos, y tampoco permite ejercer la libertad de conciencia de quien cambia de opinión y decide no realizarlos más.
Nuestra Constitución sólo reconoce desigualdades ante la ley cuando se fundan en los talentos y virtudes de las personas. Aquí, además, no se respeta la libertad de pensamiento de un ámbito por demás profundo e íntimo.

Este texto también afecta la libertad de empresa y de asociación, cuando impone a instituciones médicas con estatutos aprobados según nuestra legislación, y que vienen funcionando desde hace más de cien años en algún caso, a realizar abortos, contrariando expresamente sus principios fundacionales.

El proyecto, además, califica erróneamente y de manera forzada, contra el sentido común, el aborto como acto médico, desconociendo declaraciones internacionales como las de Helsinki y Tokyo, que han sido asumidas en el ámbito del Mercosur, que vienen siendo objeto de internalización expresa en nuestro país desde 1996 y que son reflejo de los principios de la medicina hipocrática que caracterizan al médico por actuar a favor de la vida y de la integridad física.

De acuerdo a la idiosincrasia de nuestro pueblo, es más adecuado buscar una solución basada en la solidaridad que permita promocionar a la mujer y a su criatura, otorgándole la libertad de poder optar por otras vías y, de esta forma, salvar a los dos.

Es menester atacar las verdaderas causas del aborto en nuestro país y que surgen de nuestra realidad socio-económica. Existe un gran número de mujeres, particularmente de los sectores más carenciados, que soportan la carga del hogar solas. Para ello, hay que rodear a la mujer desamparada de la indispensable protección solidaria, en vez de facilitarle el aborto.

El Poder Ejecutivo saluda a ese Cuerpo con su mayor consideración,

Dr. Tabaré Vázquez
Presidente de la República





miércoles, 5 de noviembre de 2008

Los hijos no son el objetivo de un proyecto humano, sino don de Dios



Mensaje de Benedicto XVI en los 40 años de la "Humanae Vitae"


ROMA, viernes 3 de octubre de 2008 (ZENIT.org).-



A monseñor Livio Melina, Director del Instituto Pontificio "Juan Pablo II", para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia


He sabido con alegría que el Instituto Pontificio, del que usted es director, y la Universidad Católica del "Sacro Cuore" han organizado oportunamente un Congreso Internacional con ocasión del 40º aniversario de la publicación de la encíclica Humanae vitae, importante documento en el que se afronta uno de los aspectos esenciales de la vocación matrimonial y del camino específico de santidad que se sigue de ella. Los esposos, de hecho, habiendo recibido el don del amor, están llamados a hacerse a su vez don del uno a la otra sin reservas. Solo así los actos propios y exclusivos de los cónyuges son verdaderamente actos de amor que, mientras les unen en una sola carne, construyen una genuina comunión personal.


Por tanto, la lógica de la totalidad del don configura intrínsecamente al amor conyugal y, gracias a la efusión sacramental del Espíritu Santo, se convierte en el medio para realizar en la propia vida una auténtica caridad conyugal.


La posibilidad de procrear una nueva vida humana está incluida en la donación integral de los cónyuges. Si, de hecho, cada forma de amor tiende a difundir la plenitud de la que vive, el amor conyugal tiene una forma propia de comunicarse: generar hijos. Así no sólo se asemeja, sino que participa del amor de Dios, que quiere comunicarse llamando a la vida a las personas humanas. Excluir esta dimensión comunicativa mediante una acción dirigida a impedir la procreación significa negar la verdad íntima del amor esponsal, con la que se comunica el don divino: "si no se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de generar la vida, se deben reconocer necesariamente límites insuperables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, tanto privado como revestido de autoridad, le sea lícito infringir" (Humanae vitae, 17). Éste es el núcleo esencial de la enseñanza que mi venerado predecesor Pablo VI dirigió a los cónyuges, y que el Siervo de Dios Juan Pablo II, a su vez, reafirmó en muchas ocasiones, iluminando su fundamento antropológico y moral.


A distancia de 40 años de la publicación de la Encíclica, podemos entender mejor cuán decisiva es esta luz ara comprender el gran "sí" que implica el amor conyugal. En esta luz, los hijos ya no son el objetivo de un proyecto humano, sino reconocidos como un auténtico don que acoger, con actitud de generosidad responsable ante Dios, fuente primera de la vida humana. Este gran "sí" a la belleza del amor comporta ciertamente la gratitud, tanto de los padres al recibir el don de un hijo, como del hijo mismo al saber que su vida tiene origen en un amor tan grande y acogedor.


Es verdad, por otro lado, que en el camino de la pareja pueden darse circunstancias graves que hacen prudente distanciar el nacimiento de los hijos o incluso suspenderlo. Y es aquí que el conocimiento de los ritmos naturales de la fertilidad de la mujer se convierte en importante para la vida de los cónyuges. Los métodos de observación, que permiten a la pareja determinar los periodos de fertilidad, les consienten administrar cuanto el Creador ha sabiamente inscrito en la naturaleza humana, sin turbar el significado íntegro de la donación sexual. De esta forma los cónyuges, respetando la verdad plena de su amor, podrán modular su expresión en conformidad a estos ritmos, sin quitar nada a la totalidad del don de sí mismos que expresan la unión de la carne. Obviamente, esto requiere una madurez en el amor, que no es inmediata, sino que necesita un diálogo y una escucha recíprocas y un singular dominio del impulso sexual en un camino de crecimiento en la virtud.


En esta perspectiva, sabiendo que el Congreso se desarrolla también por iniciativa de la Universidad Católica del "Sacro Cuore", me es grato expresar también mi particular aprecio por cuanto esta Institución universitaria hace en apoyo del Instituto Internacional Pablo VI de investigación sobre la fertilidad y la infertilidad humana para una procreación responsable (ISI), entregado por ella a mi inolvidable Predecesor, Papa Juan Pablo II, queriendo de este modo ofrecer una respuesta, por así decir, institucionalizada, al llamamiento realizado por el Papa Pablo VI en el número 24 de la encíclica "a los hombres de ciencia. La tarea del ISI, de hecho, es de hacer progresar el conocimiento de los métodos tanto de la regulación natural de la fertilidad humana como para la superación natural de la eventual infertilidad. Hoy, "gracias al progreso de las ciencias biológicas y médicas, el hombre puede disponer de recursos terapéuticos cada vez más eficaces, pero también obtener poderes nuevos de consecuencias imprevisibles sobre la vida humana desde su mismo inicio y desde sus primeros estadios" (Instrucción Donum vitae, 1). En esta perspectiva, "muchos investigadores se han empeñado en la lucha contra la esterilidad. Salvaguardando plenamente la dignidad de la procreación humana, algunos han llegado a resultados que antes parecían inalcanzables. Los hombres de ciencia deben ser por tanto animados a proseguir en sus investigaciones, con el fin de prevenir las causas de la esterilidad y poderlas remediar, de modo que las parejas estériles puedan llegar a procrear en el respeto de su dignidad personal y la del nasciturus"(Instrucción Donum vitae, 8). éste es precisamente el fin que el ISI Pablo VI y otros centros análogos, con el apoyo de la Autoridad eclesiástica, se proponen.


Podemos preguntarnos: ¿cómo es posible que hoy el mundo, y también muchos fieles, encuentren tanta dificultad en comprender el mensaje de la Iglesia, que ilustra y defiende la belleza del amor conyugal en su manifestación natural? Ciertamente, la solución técnica, también en las grandes cuestiones humanas, parece a menudo la más fácil, pero en realidad esconde la cuestión de fondo, que se refiere al sentido de la sexualidad humana y a la necesidad de un dominio responsable, para que su ejercicio pueda llegar a ser expresión de amor personal. La técnica no puede sustituir a la maduración de la libertad, cuando está en juego el amor. Al contrario, como bien sabemos, ni siquiera la razón basta: es necesario que el corazón vea. Sólo los ojos del corazón llegan a captar las exigencias propias de un gran amor, capaz de abrazar la totalidad del ser humano. Por ello, el servicio que la Iglesia ofrece en su pastoral matrimonial y familiar deberá saber orientar a las parejas a entender con el corazón el diseño maravilloso que Dios ha inscrito en el cuerpo humano, ayudándolas a acoger todo cuanto comporta un auténtico camino de maduración.


El Congreso que estáis celebrando representa por ello un importante momento de reflexión y de atención para las parejas y para las familias, ofreciendo el fruto de años de investigación, tanto sobre la parte antropológica y ética como sobre la parte estrictamente científica, a propósito de la procreación verdaderamente responsable. A la luz de esto no puedo más que congratularme con vosotros, augurando que este trabajo traiga frutos abundantes y contribuya a sostener a los cónyuges cada vez con mayor sabiduría y claridad en su camino, animándoles en su misión de ser, en el mundo, testigos creíbles de la belleza del amor. Con estos auspicios, mientras invoco la ayuda del Señor sobre el desarrollo de los trabajos del Congreso, envío a todos una especial Bendición Apostólica.


En el Vaticano, a 2 de octubre de 2008


BENEDICTUS PP XVI





martes, 4 de noviembre de 2008

El aborto

Dr. Carlos Fernández del Castillo Sánchez

Directror del centro mejicano de Ginecología y Obstetricia

Claro y sencillo, con ideas bien expresadas y una argumentación muy buena en torno a la dignidad de la persona de cualquier embrión desde el mismo instante de su concepción.






lunes, 3 de noviembre de 2008

Caminos de concordia. "El Código Da Vinci"




Por Juan Manuel Mora

Vicerrector de Comunicación de la Universidad de Navarra. Autor de "La Iglesia, el Opus Dei y el Código Da Vinci", de próxima aparición.

En mayo de 2006 se estrenó la versión cinematográfica de El Código Da Vinci, en medio de un gran despliegue publicitario. Durante los tres años anteriores, la novela de Dan Brown había vendido millones de copias y constituyó un fenómeno editorial de grandes dimensiones.

La trama de El Código posee los típicos elementos del thriller: acción, intriga, misterio. El relato de Dan Brown tiene un punto de partida: desde el siglo IV, la Iglesia habría ocultado la verdad sobre Jesucristo, destruido los verdaderos evangelios y negado que Jesús tuvo descendencia con la Magdalena. A lo largo de la historia sólo algunos "illuminati" llegaban al conocimiento de la verdad, mientras que la Iglesia oficial intentaba impedirlo por todos los medios. En nuestros días, el "brazo armado" con el que la Iglesia persigue a los iluminados sería el Opus Dei, que en la novela aparece como organización criminal y sin escrúpulos.

Uno de los aspectos más relevantes de El Código Da Vinci es su forma de mezclar ficción y realidad. En efecto, la trama utiliza elementos reales (nombres, fechas, lugares), y los combina con otros de ficción. Esto no tiene nada de extraño, si quedase claro mediante un correcto "pacto de lectura". Pero Dan Brown utiliza una calculada ambigüedad, las fronteras se difuminan y el lector al final no sabe a qué atenerse. Este recurso tampoco tendría más trascendencia, si no fuese porque Brown pone nombre y apellidos reales a sus mafias inventadas. De ese modo, la mezcla de ficción y realidad se vuelve explosiva.

Según los resultados de una encuesta realizada en Gran Bretaña, casi dos tercios de los lectores de El Código creían que el contenido de la novela era cierto (y por tanto, que los evangelios eran falsos, que Jesús tuvo hijos con la Magdalena, etc.). Con estos datos, no es de extrañar que la controversia que se planteó alrededor de El Código ocupase amplio espacio en los medios de comunicación de numerosos países. En el centro del debate se encontraba el tema de la responsabilidad de los autores de obras de ficción. Con sus trabajos crean estereotipos, originan movimientos de opinión y provocan emociones. Los periodistas también lo hacen, pero el trabajo de los informadores es juzgado con otros parámetros: no pueden mezclar ficción y realidad, ni acusar sin fundamento. En definitiva, los problemas planteados por El Código venían a recordar que la libertad de expresión, la libertad de creación, la libertad de crítica, propias de las sociedades democráticas, son compatibles con la responsabilidad y con el respeto mutuo.

El Código de Fesser

El caso de Camino es distinto de El Código Da Vinci , pero existen algunas semejanzas: trata también asuntos que afectan a la Iglesia y a los católicos; el malo de la película tiene nombre y apellidos, y mezcla ficción y realidad de forma potencialmente explosiva. Camino se inspira en la vida de Alexia González-Barros (www.alexiagb.com), adolescente madrileña que falleció de cáncer en 1985, con apenas 15 años. La Archidiócesis de Madrid ha iniciado su causa de canonización. Alexia fue tratada de su enfermedad en la Clínica de la Universidad de Navarra, donde transcurrió largos meses rodeada del cariño de sus padres y hermanos y de la atención del personal sanitario. Después de 1985 fallecieron también sus padres. Actualmente viven cuatro hermanos. A partir de la vida de Alexia se construye el guión. En síntesis, la película mantiene el envoltorio, pero modifica totalmente la sustancia: parece verdadera, pero es pura ficción. En la imaginación de los autores, Alexia es una niña que vive en un ambiente opresivo, creado por el Opus Dei y encarnado de forma muy aguda en la figura de la madre. Toda la historia del dolor de Alexia y del afecto de su familia está convertida en algo completamente distinto, en un caso de fanatismo religioso, atrofia de sentimientos y actitud masoquista ante el dolor. En el trasfondo, emerge una intención perversa: el Opus Dei pretendería aprovechar la enfermedad de la niña para construir una causa de canonización, con fines de proselitismo.

Cualquier persona normal que vea la película siente, como han dicho los críticos, una patada en el estómago, un choque emocional, un rechazo radical, una experiencia perturbadora e inolvidable. No puede ser de otra manera: un creyente, un católico, un miembro del Opus Dei, sienten la misma repugnancia ante la falta de humanidad que narra la película. De acuerdo con las declaraciones de los que han intervenido, el guión está escrito desde la increencia. El director ha declarado en diferentes ocasiones que no comparte la visión religiosa de la vida y no comprende la actitud cristiana ante la muerte. Quizá por esa razón, los personajes que aparecen en la película como creyentes son malos sin mezcla de virtud, y los que no tienen fe son buenos sin sombra de defecto. El resultado es un cuadro en blanco y negro, un enfoque que algunos han calificado de maniqueo, y que no fomenta precisamente la tolerancia.

La orientación religiosa de los autores merece todo el respeto. Sin embargo, no sería honrado silenciar un grave problema moral que plantea la película: Camino , como El Código Da Vinci , mezcla realidad y ficción, o más bien, presenta la ficción como si fuera historia. Los espectadores salen de la proyección convencidos de que han visto algo que ha sucedido realmente. Por eso la repulsión de los espectadores es doble: les impresiona el relato y les horroriza pensar que es verdadero. La familia ya ha expresado su dolor por el tratamiento que se hace de sus personas queridas. No es difícil imaginar los sentimientos de los hijos cuando vean la imagen de su madre maltratada en las salas de cine de toda España. El Opus Dei ha publicado también una breve declaración donde recuerda que, en esta película, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Tampoco es difícil imaginar los sentimientos de quien se ve retratado de forma repulsiva.

Cambio de paradigma

El Código de Brown y el Camino de Fesser confirman, cada uno a su modo, que es difícil explicar y no es fácil entender la experiencia religiosa en un mundo que vive como si Dios no existiese. De hecho, algunos quieren ver en estos ejemplos la expresión de un choque de culturas entre el Vaticano y Hollywood, entre los católicos y la sociedad secularizada. El paradigma del "choque de civilizaciones" se ha extendido en el ámbito de la política internacional, con consecuencias muy negativas. Aplicar ese mismo esquema a la "cuestión religiosa" de las sociedades occidentales, puede incrementar los niveles de agresividad. Basta ver algunos blogs donde ciertos partidarios del Camino de Fesser escriben que ya era hora de sacudir duro a esta Iglesia de pedófilos y ladrones; y donde ciertos adversarios responden con insultos simétricos. En nuestro país, las controversias suelen ser subidas de tono. Algunos programas de televisión y algunos debates parlamentarios recuerdan aquellos chistes de Mingote donde se ve a dos hombres primitivos "iniciar conversaciones", con el garrote preparado detrás de la espalda. Por desgracia, esto sucede también en las controversias religiosas. Con frecuencia, las discusiones están contaminadas de la dialéctica política, por la cual, si yo quiero ganar, tú tienes que perder (las elecciones, las votaciones). En realidad, los términos de un debate de tema religioso deberían ser muy distintos: yo no gano si tú pierdes; sólo gano si me explico, si te entiendo, si me entiendes. En otras democracias, la religión es un elemento transversal, común a personas que simpatizan con formaciones políticas de todas las tendencias. Esta transversalidad es muy saludable para la religión y para la política, y libera los debates religiosos de la dialéctica de la confrontación. En esas condiciones, el paradigma del conflicto puede ser sustituido por el del diálogo.

Otro aspecto interesante de El Código Da Vinci fue las reacciones que provocó entre los cristianos. Cuando alguien siente un golpe, tiene dos reacciones instintivas: encogerse y defenderse. En este caso, ante lo que se percibe como un golpe moral (un retrato falso e injusto), el instinto llevaría a cerrarse y a enfadarse. Sin embargo, la reacción común de los católicos ante El Código Da Vinci fue abierta y serena. En primer lugar, abierta. Ante una ficción que es falsa no hay más respuesta que la realidad: "ven y verás". Decía Mark Twain que cuando la verdad está todavía calzándose las botas, la mentira ya ha dado la vuelta al mundo. La mentira corre mucho, pero se desmiente sola. La verdad se impone por sí misma, sin gritos ni violencia, sino por su propia fuerza interior. Por eso, la respuesta más acertada es abrir las puertas y ofrecer información. Y en segundo lugar, serena. Dos no pelean si uno no quiere. Ante un retrato injusto, es importante mantener la capacidad de diálogo, sin adoptar actitudes defensivas ni victimistas. Para romper el paradigma de la confrontación, hay que responder con respeto, también a quien consideramos que no nos respeta.

Insisto en que estas consideraciones se escriben desde la convicción de la importancia de la libertad de expresión, de la libertad creativa y de la libertad de crítica. Las personas y las instituciones con dimensión pública han de asumir con humildad sus errores y aceptar el público escrutinio. Pero todos tienen derecho a ser criticados con veracidad y respeto.

Una escritora africana define la madurez como la capacidad de darse cuenta de que podemos herir a los demás. La madurez ayuda a recorrer juntos caminos de concordia.





sábado, 1 de noviembre de 2008

Trabalenguas


El cielo está enladrillado. ¿Quién lo desenladrillará?. El desenladrillador que lo desenladrille, buen desenladrillador será.

* * *

GUERRA tenía una parra, y PARRA tenía una perra, y la perra de PARRA mordió la parra de GUERRA, y GUERRA le pego con la porra a la perra de PARRA.
- Diga usted, compadre GUERRA: ¿Por qué le ha pegado con la porra a la perra?
- Porque si la perra de PARRA no hubiera mordido la parra de GUERRA, no habría pegado con la porra a la perra de PARRA.

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Compadre, compre usted poca capa parda, que el que poca capa parda compra, poca capa parda paga. Yo, que poca capa parda compré, poca capa parda pagué.

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Si cien sierras sierran cien cigarros, seiscientas seis sierras serrarán seiscientos seis cigarros.

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Yo no compro coco, porque como poco coco como, poco coco compro.

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El cielo está esternocleideomastoideado, ¿quien lo desesternocleideomastoideara?
El desesternocleideomastoideador que lo desesternocleideomastoidee buen desesternocleideomastoideador será.





viernes, 24 de octubre de 2008

CURAR A LOS ENFERMOS, PERO SIN ELIMINAR A NADIE


NOTA DE LA SECRETARIA GENERAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA - " Bebé medicamento "


ACLARACIONES SOBRE LOS HECHOS IMPLICADOS EN EL NACIMIENTO DEL LLAMADO PRIMER “BEBÉ MEDICAMENTO”


El pasado 12 de octubre nació en Sevilla el primer bebé seleccionado para curar a su hermano, que sufre una enfermedad hereditaria, la beta-talasemia major, anemia congénita severa que le obliga a someterse a constantes transfusiones sanguíneas.

Mediante la técnica utilizada, el diagnóstico genético preimplantacional, los embriones obtenidos a través de la fecundación in vitro son examinados para seleccionar aquellos que no sean portadores del factor genético que puede dar lugar al desarrollo de la enfermedad heredada. Entre los seleccionados, se implantan en el útero materno aquellos embriones que presentan el perfil de compatibilidad genética más adecuado con el hermano enfermo. Los demás son destruidos o congelados.

Conviene aclarar al respecto las implicaciones morales que no han sido señaladas estos días por algunos medios de comunicación social.

Se ha puesto el énfasis en la feliz noticia del nacimiento de un niño y en la posibilidad de la curación de la enfermedad de su hermano. Expresada así, la noticia supone un motivo de alegría para todos. Sin embargo, se ha silenciado el hecho dramático de la eliminación de los embriones enfermos y eventualmente de aquellos que, estando sanos, no eran compatibles genéticamente.

El nacimiento de una persona humana ha venido acompañada de la destrucción de otras, sus propios hermanos, a los que se les ha privado del derecho fundamental a la vida.

Se ha calificado el hecho como un éxito y un progreso científico. Sin embargo, someter la vida humana a criterios de pura eficacia técnica supone reducir la dignidad de la persona a un mero valor de utilidad. Los hermanos a los que se les ha privado del derecho a nacer han sido desechados por no ser útiles desde la perspectiva técnica, violando así su dignidad y el respeto absoluto que toda persona merece en sí misma, al margen de cualquier consideración utilitarista. Por su parte, el hermano que finalmente ha nacido ha sido escogido por ser el más útil para una posible curación. Se ha conculcado de esta manera su derecho a ser amado como un fin en sí mismo y a no ser tratado como medio instrumental de utilidad técnica.

Conviene recordar a este respecto el documento de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, del 30 de marzo de 2006, Algunas orientaciones sobre la ilicitud de la reproducción humana artificial y sobre las prácticas injustas autorizadas por la ley que la regularán en España, que señala la injusticia que se comete con los seres humanos producidos en el laboratorio, al ser tratados “como un mero producto conseguido por el dominio instrumental de los técnicos”. “La dignidad del ser humano exige que los niños no sean producidos, sino procreados (…). Por tratarse de una relación puramente personal –no instrumental- la procreación es conforme a la dignidad personal del niño procreado, que viene así al mundo como un don otorgado a la mutua entrega personal de los padres”. Respecto a la práctica de la que hoy hablamos, se dice también en el mismo documento: “Los planteamientos emotivos encaminados a justificar estas prácticas horrendas son inaceptables. Es cierto: hay que curar a los enfermos, pero sin eliminar nunca para ello a nadie. La compasión bien entendida comienza por respetar los derechos de todos, en particular, la vida de todos los hijos, sanos y enfermos”.

El hecho feliz del nacimiento de un bebé sano no puede justificar la instrumentalización a la que ha sido sometido y no basta para presentar como progreso la práctica eugenésica que ha supuesto la destrucción de sus hermanos generados in vitro.

La Iglesia desea prestar su voz a aquellos que no la tienen y a los que han sido privados del derecho fundamental a la vida.

Con estas aclaraciones no se juzga la conciencia ni las intenciones de nadie. Se trata de recordar los principios éticos objetivos que tutelan la dignidad de todo ser humano.

Madrid, 17 de octubre de 2008





jueves, 23 de octubre de 2008

"¿Muerte digna? Cuando un Gobierno pretende inducir falsos estados de opinión… Alegaciones a la Ley de la Junta de Andalucía"


Alegaciones presentadas a la junta de Andalucía por ANDOC (asociación nacional para la defensa de la objeción de conciencia) / www.andoc.es /miércoles 1 de octubre de 2008


La finalidad fundamental del proyecto es la de "concretar y proteger el ideal de una muerte digna". El término "muerte digna" es muy poco preciso y polisémico, susceptible de muchas interpretaciones. Es un error legislar basándose en términos equívocos.

La Asociación Nacional para la Defensa del Derecho de Objeción de conciencia alega dentro del plazo contra la propuesta de Ley de Muerte Digna por considerar que plantea un falso problema al que tampoco da solución. Recoge la Ley cuestiones que ya estaban solucionadas en anteriores Leyes y Normativas, y crea un ambiente sospechoso contra los profesionales de la Sanidad.

El Proyecto de Ley es un panfleto propagandista para inducir estados de opinión: en manera alguna aporta soluciones, ni dota a los centros sanitarios de presupuestos para ejecutar los beneficios que predica. Queremos evitar que la Sanidad Andaluza se convierta en un campo de experiencias dudosas, encubiertas por la apropiación de la palabra dignidad. Por tanto ANDOC ha presentado ante la Consejería de Salud las alegaciones siguientes:

Si, como parecen entender los redactores, "dignidad" se asocia con ausencia de dolor, de sufrimiento físico o moral, habría que concluir que una persona que sufre goza de menor dignidad que los que viven o mueren sin dolores. La dignidad no radica tanto en condiciones vitales y materiales, sino que es un atributo de cada ser humano, titular de esa dignidad. Nos parece que hay un uso interesado ideológico y no compartido del término "muerte digna".


…/…


El texto parece dar a entender que existe un "derecho a la muerte digna". Nuestro ordenamiento jurídico reconoce el derecho a la vida, como el más importante y presupuesto de todos los derechos, pero desconoce como tal un supuesto "derecho a la muerte digna".

Habría que preguntarse, además, quién o quiénes determinan, qué vida merece ser vivida y cuál no; sin que quepa decir que tal decisión corresponde exclusivamente al individuo, porque además de afectar a otras personas (familiares, etc.), aquí se implica en el proceso de ejecución de tal voluntad a un tercero: el médico, que además es un profesional sanitario a quién la sociedad confía el cuidado de las personas que por su enfermedad son especialmente débiles y vulnerables.

Efectivamente, esta ley no es una ley de eutanasia: el texto excluye expresamente su regulación, entre otras cosas, porque la eutanasia en un delito tipificado (art.143.4 Código Penal) y la Junta carece de facultades para regular tales supuestos. Sin embargo, al definir qué se entiende por eutanasia incurre en una omisión significativa: según la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL), la eutanasia es "la conducta (acción u omisión) intencionalmente dirigida a terminar con la vida de una persona que tiene una enfermedad grave e irreversible, por razones compasivas y en un contexto médico".

El proyecto no contempla bajo esa definición, la eutanasia debida a la omisión voluntaria de los cuidados imprescindibles –que en nada afectan ni al empeoramiento, ni al sufrimiento ni al alargamiento absurdo de la vida- como son la alimentación y la hidratación: privado de esos cuidados mínimos (nunca futiles), el paciente fallece y, además, con sufrimiento.

Aspectos jurídicos:
Se trata de una ley innecesaria: los derechos, servicios y garantías de los pacientes y las obligaciones de los médicos están ya suficientemente reguladas por: la Ley 41/2002 de 14 de noviembre de autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica; el Código de Ética y Deontología Médica (1999), artículos. 7 a 13; artículo 27 (relativo al proceso de la muerte), la Carta de los Derechos del Paciente incluida en la Ley General de Sanidad de 1986 y en el Reglamento en materia de prestación de servicios de atención médica, etc. ¿Por qué entonces se quiere dictar una legislación reiterativa que confunda más que aclare?. Es preferible hacer una buena ley sobre cuidados paliativos, al tiempo que se ponen los medios materiales y personales para que la ley sea eficaz.

Coloca a los médicos en situación de "sospechosos": de su lectura, parece deducirse que las conductas irregulares e irresponsables que trata de evitar son corrientes en la práctica médica en España: nada más injusto y falso.

Es una ley voluntarista: lo menos grave es que establezca un conjunto de derechos, servicios, garantías, etc. para los pacientes, que es muy dudoso que hoy en día esté en condiciones de asegurar, sino que hace responsables de la implementación y ejecución de tales medidas a las instituciones sanitarias –sin distinguir entre públicas y privadas- y a los médicos, a través de un rigorista y poco justificado sistema de sanciones.

Margina los derechos de los profesionales, su cumplimiento de la "lex artis" y de su código ético: la preeminencia que se da a la autonomía del enfermo, sobre todo en el caso de rechazo y retirada de una intervención (artículo 7), convierte al facultativo en un mero "espectador" o prestador de servicios, sin más intervención que la de juzgar sobre la capacidad del paciente para expresar su consentimiento.

Es también problemática la intervención del representante en caso de que el paciente no pueda expresarse: obrar de acuerdo con una voluntad presuntamente expresada por el paciente, se puede prestar a actuaciones interesadas, discusiones entre familiares, etc. Conviene tener en cuenta que el enfermo se encuentra en estos casos, en una situación de debilidad e indefensión y más fácilmente expuesto a presiones que le podrían llevar a considerar su vida como inútil o molesta para sus allegados.

También puede presentar problemas, la prestación de consentimiento en menores de 16 años o emancipados: resulta paradójico que sin tener edad para ejercer el derecho al voto o plena capacidad en la administración de sus bienes, sí la tengan para disponer sobre su vida, y además, sin más condición que escuchar a los padres.

No aparece mencionado, más que indirectamente, el derecho a la objeción de conciencia de los médicos y del resto del personal sanitario: la Consejera de Sanidad dice, con verdad, que la Junta no tiene competencias para regularla, porque hay una legislación estatal. Con independencia de que tal regulación no exista actualmente, al ser la objeción de conciencia un derecho constitucionalmente amparado y profesionalmente asentado que no necesita de regulación específica (STC 11 de abril de 1985), sin embargo, que no haya la más mínima remisión a regulación alguna, ni constitucional, ni deontológica, podría dar lugar a una gran inseguridad entre los médicos y a generar muchos litigios.

El anteproyecto afecta por igual a los hospitales públicos y privados (Artículo 2.2). Es muy dudoso que la Junta tenga facultades para "organizar" el servicio en los hospitales que no son del SAS. Además, no se tienen en consideración los hipotéticos conflictos entre el ideario de determinados establecimientos asistenciales y algunas prescripciones del proyecto.

Tenemos serias dudas de que la Junta cuente con en este caso con potestad sancionadora para multar, -en algunos casos tomando ocasión de unos supuestos imprecisos y con unos montos desorbitados-, a los médicos. Las facultades para sancionar a los facultativos las tienen, por ley, los Colegios profesionales; y si se trata de actuaciones presuntamente delictivas, los Tribunales de Justicia. Inventarse una nueva instancia sancionadora no es de recibo.

Finalmente, el papel que otorga a los facultativos este anteproyecto, unido a la amenaza de sanciones, tiene el riesgo evidente de desembocar en una "medicina defensiva", que perjudicará no sólo a los profesionales, sino también a los enfermos y al desarrollo de los legítimos avances de la medicina.





miércoles, 22 de octubre de 2008

Que me lo expliquen


Fumar durante el embarazo perjudica la salud de su hijo.

Un cartón de tabaco es un paquete grande y rectangular donde caben veinte cajetillas de tabaco. Pues bien, leo en un cartón de tabaco la siguiente advertencia, escrita a todo lo largo del cartón y con letras bien grandes: «Las autoridades sanitarias advierten: Fumar durante el embarazo perjudica la salud de su hijo».

Leer eso me ha provocado mucha confusión, mucho desconcierto y mucho embrollo. Porque si bien es verdad que fumar durante el embarazo perjudica la salud del hijo, cómo advierten las autoridades sanitarias, ¿qué le ocurre a un hijo cuando su madre embarazada decide interrumpir el embarazo? ¿Esa acción no perjudica la salud de su hijo? En realidad perjudica la salud del hijo totalmente, porque cuando una mujer embarazada permite que le practiquen un aborto, a su hijo lo matan.

Entonces, ¿por qué las autoridades sanitarias advierten que fumar durante el embarazo perjudica la salud de su hijo y no advierten que «interrumpir voluntariamente su embarazo» mata a su hijo, sino que nos lo muestran como «un derecho» de las madres?

Las autoridades sanitarias dicen saber mucho sobre salud reproductiva. Pues que me expliquen esto, porque es toda una contradicción.





viernes, 25 de julio de 2008

El humanismo cristiano en la dirección de las empresas


CONFERENCIA INAUGURAL EN EL 50 ANIVERSARIO DEL IESE DE MONSEÑOR JAVIER ECHEVARRIA, PRELADO DEL OPUS DEI, 20 DE MAYO DE 2008

Me llena de alegría estar de nuevo en el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, con motivo de la celebración del quincuagésimo aniversario de su fundación. Fui testigo del interés con que San Josemaría Escrivá de Balaguer promovió sus primeros pasos, y del empeño con que impulsó su desarrollo. Doy gracias a Dios por el trabajo realizado y le pido que el IESE siga produciendo frutos abundantes en el futuro, y llevando a cabo la misión que le confiara San Josemaría.

Se me ha propuesto hablar del humanismo cristiano, en este Simposio internacional, que tiene como punto central la búsqueda de modelos más humanos para la gestión de la empresa, a todos los niveles. El tema resulta muy actual. En efecto, el humanismo cristiano tiene mucho que ofrecer para que la actividad empresarial no pierda de vista que «el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-socia l»(1). Con estos términos lo declaró el Concilio Vaticano II, al tiempo que recordaba que «la actividad económica debe ejercerse siguiendo sus métodos y leyes propias, dentro del ámbito del orden moral, para que se cumplan así los designios de Dios sobre el hombre»(2).

Todo humanismo remarca la centralidad del hombre, y trata de que las personas desarrollen su propio ser. Sin embargo, a lo largo de la historia, han aparecido muchos humanismos y, aunque la valoración del tema humano po­dría considerarse como un vago elemento común, no todos esos enfoques son iguales, ni equivalentes, desde el punto de vista moral y social. Unos llevan a un individualismo exacerbado. Otros anulan o diluyen en gran manera la liber­tad individual dentro de lo colectivo.

Por contraste, el humanismo cristiano, tal como se presenta en las enseñanzas sociales de la Iglesia(3), ofrece una visión completa de la persona: una visión que considera a la vez la dimensión individual y la social; y no reduce al hombre a un nivel puramente intramundano, sin más horizontes que los derivados de la utilidad o del hedonismo. El humanismo cristiano se opone ante a las ideologías relativistas, como a aquellas teorías que se presentan como "neutrales", pero que, en el fondo destacan unos valores que fácilmente acaban por reducir a las personas a meros recursos productivos o a simples consumidores, valorándolas casi exclusivamente en su calidad de potenciales generadores de ingresos para la empresa.

El humanismo cristiano aporta un sólido fundamento para cambiar una tendencia, que -como ha señalado el Papa Benedicto XVI-, al estar ,profundamente marcada por un subjetivismo que tiende a desembocar en el individualismo extremo o en el relativismo, impulsa a los hombres a convertirse en única medida de sí mismos. Perdiendo de vista otros objetivos que no estén centrados en el propio yo, transformado en único criterio de valoración de la realidad y de sus propias opciones»(4).

Cristo, medida del verdadero humanismo

Los cristianos tenemos una referencia precisa para actuar bien y construir unas relaciones, plenamente humanas: Nuestro Señor Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6), la luz de mundo (Jn 8, 12), la imagen de Dios invisible (Col 1, 15), siendo de condición divina, se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y mostrándose igual a los demás hombres (Flp 2, 6). Es «perfecto Dios y perfecto hombre»(5) según una antigua profesión de fe que se remonta a los primeros siglos de nuestra era, que San Josemaría gustaba de repetir. Cristo, sin dejar de ser Dios, es también por la Encarnación hombre de carne y hueso, y «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón del hombre»(6).

Conviene dejar claro, sin embargo, que el seguimiento de Cristo no supone de ningún modo un simple "humanismo". Jesucristo vino a traer la salvación del pecado, a restituir a los hombres a la amistad con Dios, a abrir para todos las puertas de la vida eterna. Lo ha expresado acertadamente el actual Romano Pontífice, cuando en su libro "Jesús de Nazaret" formula una pregunta que viene a los labios de muchos no cristianos: ¿qué ha traído al mundo el Mesías, si no ha portado consigo la paz universal ni ha acabado con la miseria del mundo? La respuesta del Papa es contundente, dentro de su sencillez: «Ha llevado el Dios de Israel a los pueblos, (...) la palabra del Dios vivo. Ha traído la universalidad, que es la grande y característica promesa para Israel y para el mundo. La universalidad, la fe en el único Dios de Abraham, Isaac y Jacob, acogida en la nueva familia de Jesús que se expande por todos los pueblos, superando los lazos carnales de la descendencia: éste es el fruto de la obra de Jesús»(7).

Hay otros humanismos, en cambio, no sólo ajenos a Jesucristo, sino cerrados a Dios y a la trascendencia. A veces, llegan incluso a considerar cualquier referencia a Dios como una rémora para afirmar la dignidad del hombre o para que éste alcance su plenitud. En realidad, sucede todo lo contrario: Dios no sólo no priva al hombre de su dignidad, sino que le proporciona su más sólido fundamento y su plena y auténtica realización. Al mismo tiempo, la revelación cristiana aporta luces nuevas para comprender a la criatura racional en sus dimensiones más profundas.

Frente a los "humanismos" cerrados a Dios y al espíritu, plasmados en ideologías que terminan por someter a los ciudadanos de este mundo al domi­nio de otros, los cristianos presentamos al mismo Cristo, convencidos con ple­na certeza de que Él es el perfecto modelo de humanidad, luz poderosa para humanizar la sociedad entera y, por tanto, también el mundo de la empresa y sus articuladas relaciones.

El día anterior a su elección como Romano Pontífice, el cardenal Joseph Ratzinger en una memorable homilía mencionaba la tentación del fundamentalismo; y advertía, al mismo tiempo, de otro peligro: el de la «dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus deseos. Nosotros,. en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo»(8). Pocos días después, ya como sucesor de Pedro, insistió de nuevo en señalar a Cristo como «la medida del verdadero humanismo»(9). Y en su encíclica Spe salvi ha expresado la misma idea desde otra perspectiva. Lo ha hecho a partir de la figura de Jesús tal como aparece representado en-- algunos sarcófagos antiguos: como el verdadero "filósofo". Con esta imagen, los primeros intelectuales cristianos asimilaban a Jesucristo a los grandes pensadores de la antigüedad, que enseñaban acerca del hombre y del arte de vivir dignamente. «Cristo es el verdadero filósofo», afirma el Papa. Y añade: «Él [Cristo] nos dice quién es en realidad el hombre y qué debe hacer para ser verdaderamente hombre»(10).

El mensaje cristiano, pues, no está desvinculado del discurrir de la criatura sobre la tierra. Con su presencia en el mundo y con sus palabras, Jesús «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación»(11). Nos presenta un nuevo modo de entender la persona y lo humano. Nos trae un atrayente humanismo, que ilumina los diferentes ámbitos de nuestra existencia, en beneficio de todos los demás; un humanismo con alcance universal.

Quizá podríamos preguntarnos: tomar hoy a Jesucristo como medida del verdadero humanismo, ¿no es apoyarse en el pasado? ¿No resulta anacrónico para una sociedad que algunos presentan como post-cristiana? La respuesta clara, gozosa, se manifiesta con un "no" neto. ¡No! Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe(12), exclamaba San Josemaría. Y, co­mentando la Carta a los Hebreos, añadía: no es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia(13). Cristo vive y vivirá siempre: ayer, hoy y por los siglos (Hb 13, 8)(14). Lejos de ser un personaje del pasado, Jesucristo es verdaderamente contemporáneo a todos los tiempos. Los cristianos, por gracia de Dios, sabemos que vive y que es, para todos, la medida exacta del verdadero humanismo.

El humanismo cristiano en la empresa

Pasemos a tratar ahora del humanismo en la dirección de empresas. Como en toda labor de gobierno de hombres, también en este campo subyace una determinada visión de la persona, de la propia empresa y de su misión en la sociedad. El humanismo cristiano, por tanto, y sus propuestas, al aportar una rica concepción de nuestro ser humano, no sólo no resulta extraño a la Dirección de empresas, sino que le proporciona una perspectiva realmente humanizadora, atenta al servicio de los demás, descubridora de nuevos horizontes. Sus contenidos incluyen principios y normas morales concretas; )ero, en último término, la referencia principal queda trazada por las obras y .as palabras de Jesucristo. Él se nos presenta como modelo vivo, permanente; particular, su mandato del amor al prójimo, que tiene al mismo Jesús por, ejemplo y medida (cfr. Jn 15, 12).

La verdadera filantropía (amor a los demás hombres, según el significado del término griego original, deformado a veces por el uso y abuso de esta palabra) lleva a valorar a las personas por sí mismas, más allá de la consideración de lo que producen o aportan a la sociedad. Hoy día, entre muchas gentes, y también en foros y convenciones internacionales, se suele reconocer que cada persona es merecedora de reconocimiento y respeto. Esta convicción se encuentra muy arraigada -al menos en la teoría- y es fruto en gran parte de la-influencia del cristianismo. El Romano Pontífice aludió a esta realidad en su reciente discurso en la ONU, con motivo de los sesenta años de la Declaración universal de los derechos del hombre(15).

La afirmación de la dignidad de cada persona adquiere particular resonancia y su más concreta expresión desde la fe cristiana. Como señaló San Josemaría, ésa es la gran osadía de la fe cristiana: proclamar el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y afirmar que, mediante la gracia que nos eleva al orden sobrenatural, hemos sido creados para alcanzar la dignidad de - hijos de Dios. Osadía ciertamente increíble, si no estuviera basada en el decreto salvador de Dios Padre, y no hubiera sido confirmada por la sangre de Cristo y reafirmada y hecha posible por la acción constante del Espíritu Santo(16).

El humanismo cristiano exige, pues, superar la estructura del egoísmo, de mero utilitarismo, y sustituirla por la de la reciprocidad y la donación. Es ver­dad que la lógica del mercado y las relaciones estrictamente contractuales se basan en el intercambio, pero ese comercio, ese trato, ha de llevar a la reci­procidad, de modo que ambas partes salgan beneficiadas. En la empresa, que está formada por personas que se asocian y colaboran en una tarea común, los empresarios y los trabajadores forman una comunidad donde han de darse relaciones de reciprocidad, pero que -como ocurre en toda relación humana- ­pueden y deben ser también cauce para la donación mutua, para un servicio en el mejor sentido del término, como contemplamos en el quehacer de Jesucristo.

Desde la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia, la empresa es ante todo una comunidad de personas libres y responsables que se asocian para llevar a cabo una obra común, dentro de la cual trabajan, aportan recursos, se desarrollan en su humanidad y contribuyen eficazmente a la producción de bienes y servicios. Como remarcaba el Papa Juan Pablo II, «la empresa no puede considerarse únicamente como una "sociedad de capitales"; es, al mismo tiempo, una "sociedad de personas", en la que entran a formar parte de manera diversa y con responsabilidades específicas los que aportan el capital necesario para su actividad y los que colaboran con su trabajo»(17).

Al enfocar de este modo las múltiples funciones sociales de la empresa, se llega a descubrir el valor instrumental de los beneficios, en orden a otros fines más elevados. El mismo Pontífice Juan Pablo II no duda en reconocer «la justa función de los beneficios, como índice de la buena marcha de la empresa»; pero añade enseguida que «la finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera»(18).

San Josemaría defendió con energía la importancia del trabajo humano, que va mucho más allá de su valor económico, aunque lo incluya. Es hora de que los cristianos digamos muy alto -afirmaba- que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad(19).
Esta alta y completa consideración de toda tarea profesional honrada exige una adecuada organización empresarial y unas determinadas condiciones laborales. Reclama, de parte de los directivos, organizar la empresa de modo que se respete y favorezca la dignidad de las personas y los derechos humanos; pide igualmente articular una adecuada participación y establecer sistemas que favorezcan el desarrollo personal de quienes están implicados en la misma empresa. Esta dimensión, que podríamos denominar estructuradora de la labor directiva, constituye una verdadera exigencia ética que no tiene por qué oponerse a la eficiencia de los productos ni a los resultados económicos. Al contrario: muchos estudiosos afirman que la atención a las personas y a su desarrollo integral son la principal clave para la buena marcha de una empresa.

Humanismo cristiano en el directivo empresarial

Más allá de esa dimensión estructural de la dirección de las organizaciones, el humanismo cristiano ha de plasmarse sobre todo en las personas. Me refiero ahora a quienes promueven y dirigen las diferentes empresas. Su tarea exige formación, experiencia, capacidades técnicas y -no en último lugar- ejercicio de las virtudes.

La fe cristiana enseña a todos el camino de esos hábitos operativos buenos y su ejercicio; especialmente -se puede afirmar con verdad- a los que se ocupan de tareas directivas. Las virtudes les enriquecen no sólo como personas, sino también como directivos. La práctica de las virtudes humanas (que en un cristiano están informadas por . la caridad) se demuestra muy importante en la tarea de dirección de empresas. Me ceñiré a considerar brevemente la necesidad de querer y- de servir a los demás.

Querer a las personas, a todas y a cada una, respetarlas como merecen, exige en primer término descubrir a cada individuo en su propia singularidad: sus necesidades, su manera de ser, sus capacidades, sus circunstancias. Nunca pueden considerarse como simples recursos, o como números de una estadísti­ca, o como piezas para el diseño de una determinada estrategia. Por ejemplo, cuando se les confía una responsabilidad o el cumplimiento de una misión, son siempre acreedores de respeto y consideración a su inteligencia e iniciativa. Cualesquiera que sean sus situaciones -trabajadores, clientes, accionistas o proveedores-, todos han de verse tratados con afabilidad y comprensión: con todos se ha de seguir la regla de oro que nos dejó el Señor: todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos (Mt 7, 12).

En este contexto,, resulta preciso dar espacio al trato individualizado, al diálogo personal. La vida de una empresa ofrece constantes ocasiones para imitar también en esto a Jesucristo, siempre disponible para atender a las personas que acudían a Él en busca de ayuda. Ese trato personal, cauce para la ayuda y el servicio, forma parte muy importante del verdadero humanismo.

A ejemplo del Hijo del Hombre, que no ha venido a ser servido sino a servir (Mt 20, 28), el humanismo cristiano tiene en gran estima el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás.

Este espíritu de servicio empieza por prepararse bien para el ejercicio s de la profesión, llega a descubrir las necesidades reales de los demás y a hacer todo lo posible por atenderlas. En la empresa, como en toda organización o comunidad de personas, se presentan continuas oportunidades de servir a los otros. No cabe regularlo todo -sería inhumano-, ni se puede reducir el ambiente y el buen desarrollo de la empresa a un listado meticuloso de derechos y deberes. Como toda sociedad constituida en bien de los otros, también la comunidad empresarial se edifica y desarrolla gracias a personas gustosa y generosamente comprometidas, dotadas de espíritu de servicio, que debe traducirse en la colaboración con los demás, mediante la disponibilidad para una solidaridad y atención mutua, para ofrecer el consejo oportuno, para transmitir experiencias; en una palabra, para no desentenderse de nadie.

Otro rasgo muy amado y cultivado por San Josemaría Escrivá, que forma parte importante del humanismo cristiano, es la coherencia personal: unas: unidad de vida -decía- sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones(20).

La unidad de vida se opone a llevar la relación con Dios, de una parte, y -de otra y como separado- el quehacer profesional, familiar o social. La conducta cristiana del hombre de empresa ha de manifestarse en su trabajo directivo, sin caer ni en actitudes materialistas ni en falsos espiritualismos.

San Josemaría, desde los inicios de su actividad pastoral, decía a quienes se acercaban a su labor sacerdotal que tenían que saber materializar la vida espiritual(21). Lo afirmaba, sobre todo, desde la fe cristiana, que proclama la Encarnación del Verbo de Dios. Al contemplar esta gran manifestación del amor del Señor por sus criaturas, insistía en la posibilidad de llenar de sentido espiritual todo el universo material. Por eso, no dudaba en sostener que cabe proponer, con toda coherencia, un materialismo cristiano que se opone -audazmente a los materialismos cerrados al espíritu(22).

El Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, mediante su tarea formativa, está llamado a contribuir a que este hermoso ideal se haga realidad en muchos hombres y mujeres. El celo sacerdotal de San Josemaría vibraba con estos afanes cincuenta años atrás, cuando -bajo su impulso- el IESE comenzó sus pasos.

Como gran Canciller de la Universidad de Navarra, doy gracias a Dios porque -en estas décadas- el Señor se ha servido de vuestro trabajo, realizado con espíritu de servicio y competencia profesional, y de[ que llevaron a cabo todos los que nos han precedido y nos contemplan ahora desde el Cielo, para inculcar en muchas personas estos ideales. Y como Dios no se deja ganar en generosidad -así se expresaba San Josemaría-, el Señor ha multiplicado esos frutos en las almas de muchas personas, y en los más variados lugares.

Sé muy bien que en el IESE sentís vivamente y no decaéis en este reto de orientar a Dios, en servicio de los hombres, esta parcela del trabajo al que os dedicáis, como lo prueba con claridad la organización del presente simposio. A través de los diferentes programas, y con diversos medios, os esforzáis por transmitir esta riqueza espiritual e influir en el mejoramiento y humanización de amplios sectores de la sociedad.

A la vez, llenos de optimismo, consideremos que queda mucho por llevar a cabo; que el horizonte de una más profunda preocupación por los demás es muy amplio y sumamente atractivo.

Pero hay mucho por hacer. Es preciso llegar más lejos. Por eso, resulta decisivo, en primer lugar, que vayáis por delante en la práctica del humanismo cristiano, cuyo contenido es inagotable. Una enseñanza muy gráfica de San Josemaría puede servir de síntesis práctica de lo que he querido recordaros: mido la eficacia de las labores apostólicas -del IESE, por tanto- por el grado de santidad de las personas que allí trabajan.

No lo dudemos: también el IESE, por su búsqueda de la perfección humana y cristiana, en el ámbito en que os desenvolvéis, puede y debe ser escuela de santidad. Con gran acierto os recordó San Josemaría, en su visita a este lugar en 1972, y lo demostró con el evangelio en la mano (así, literalmente), que el Maestro encomia y pone como modelo la figura del administrador -del manager- honradamente fiel.

En las manos de la Santísima Virgen, por intercesión de San Josemaría, pongo a los profesores, directivos, empleados, alumnos y antiguos alumnos del ¡ESE, con sus familias.


NOTAS
1 Concilio Vaticano II, const. past. Gaudium et spes, n. 63.
2 Ibid., n. 64.
3Ver, por ej., el Compendio delta Dottrina Sociale delta Chiesa, publicado por la Pontificia Comisión "Justicia y Paz", Libreria Editrice Vaticana, Roma 2004.
4 Benedicto XVI, Mensaje a los miembros de las Academias Pontificias, 5-X1­2005.
5-Cfr. Símbolo Atanasiano (Quicumque).
6 Concilio Vaticano II, Const. past. `Gaudium et spes, n. 22.
7 Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 2007, La esfera de los libros, p. 148.
8 Card. Joseph Ratzinger, Homilía en la Misa pro eligendo Pontifice, 18-IV­2005.
9 Benedicto XVI, Discurso al clero de Roma, 13-V-2005.
10 Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 6. 11 Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 22. 12 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.
13 San Josemaría, Camino, n. 584.
14 San Josemaría, Conversaciones, n. 72.
15 Cfr. Benedicto XVI, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 18-IV-2008.
16 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 133.
17 Juan Pablo II, Carta encíclica Centesimus annus, 1-V-1991, n. 43­
18 Ibid., n. 35.
19 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 47.
20 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 126.
21 San Josemaría, Homilía Amar el mundo apasionadamente, 8-X-1967; "Conversaciones", n. 114
22 Ibid., n. 115.